Seguro que si os pregunto si conocéis lo que es una crisis económica no solo me contestaríais que sí, sino que os sentiríais insultados. “Faltaría menos”, me diríais, “vivimos ahora mismo en una de ellas”. Además me explicaríais que hubo otras, que incluso a lo mejor, si estáis algo más entrados en años, vivisteis. Una producida por la necesidad imperiosa del petróleo a principios de los setenta, que os rompió por completo el mundo idílico que vivíais en los cincuenta y sesenta. El mundo del sistema del bienestar, los beatles y el nada es imposible. Y que algo similar pasó también en el 29′, debido a la inflación y la caída de la bolsa de Nueva York.

Y no os faltaría razón alguna, puesto que estas han sido las tres grandes crisis económicas del capitalismo reciente, pero no han sido las únicas. La crisis económica que os voy a explicar en este breve post fue el primer exceso especulativo tal cual lo conocemos hoy en día, y marcó las pautas de todas las burbujas económicas que tanto han aquejado a nuestra sociedad contemporánea.

La antigua Gran Manzana

El S.XVII se planteaba, para los holandeses y sus potencias comerciales, como uno de opulencia y poder económico. Con el inmenso imperio español en quiebra económica y militar, Amsterdam, y su recién creada Bolsa, se transformaron en el principal baluarte comercial de la Europa Moderna, sobre todo en Asia. La capital holandesa era una de las ciudades más ricas, prósperas, cosmopolitas y dinámicas de su época. En sus puertos (y Bolsa) se comercializaban un largo abanico de productos, tanto de lujo como de materias primas.

“Todas las familias querían la bella flor, llegando a pagar incluso, el precio de una vivienda

Basada en una flota más ligera, y por ende más rápida, los famosos fluyts, crearon ramificaciones comerciales por toda la cartografía terrestre. Era la potencia comercial del momento, la Gran Manzana de la época moderna. Uno de los primeros (por no decir el primer) imperio mercantil o protoliberal. Y esto no pasó desapercibido por los ciudadanos de esa gran ciudad de comerciantes en pro del mercantilismo, que gracias a “su trabajo duro e inteligencia” pudieron transformar la ciudad en la más gloriosa del modernismo europeo.

Lo mismo que ocurrió a los contemporáneos de los años 20′, 60′ y de finales de los 90′ occidentales. Pero, como en estos casos, la situación dio un giro de ciento ochenta grados, y tras la euforia llegó la desesperación.

Idiotas especulando con idioteces

Fue el embajador holandés en Constantinopla, Ghislaine de Busbecq, quien inició un absurdo consumismo que destruyó la estabilidad económica del país. Se dice que este personaje quedó prendado con los jardines de ese lejano lugar, y sobre todo de una flor. Una bella y exótica flor que siempre regalaba a sus amigos y socios cuando regresaba de sus viajes.

Pero el fenómeno consumista nació en el seno de una de las familias más opulentas de la centro Europa moderna, los Fugger (los banqueros de Carlos I). Fueron ellos quienes empezaron a decorar sus lujosas mansiones, siempre rebosantes de vida social, con esta maravillosa flor. Y cómo no, esos bellos pétalos crearon cánones y envidias, y de esos sentimientos el mercantilismo se sabe aprovechar muy bien. Todas las familias querían esa flor, ya sea en el amplio jardín de su mansión o en el pobre marco de la pequeña ventana de su escueta casa. Ricos y pobres la anhelaban por igual, y el comercio que aleteaba alrededor de esa primordial necesidad de subsistencia social y cultural se tornó en uno de los más beneficiosos del momento.

Lo que era un bien de lujo se transformó en algo más grandioso e inaccesible. Un bulbo simple de tulipán costaba alrededor de 220 florines (en una ciudad donde el salario medio rondaba los 200- 400 florines). El caso más extremo que se conoce fue el de un ejemplar de la familia Semper Augustus, que se vendió, en 1624, por el precio de una vivienda (6000 florines). Y la burbuja explotó, y ya sabemos bien, por desgracia, que es lo que pasa cuando esto sucede.

tulipan crisis

Idiotas timados

Los precios subieron, y en estas circunstancias se creó el Windhandel. Una especie de mercado de futuros donde los vendedores vendía la futura simiente a los compradores, que solo podrían obtener su flor un año, o unos meses, después de la compra, cuando esta floreciera.

Con estas pautas de mercado no fueron pocos los que se aprovecharon vendiendo y revendiendo la misma simiente a diferentes compradores. O vendiendo simientes inexistentes. Y todo esto explotó el día de la entrega de las flores, el 5 de febrero de 1637, con miles y miles de florines por deber, una caída total de los precios de los tulipanes, centenares de compradores timados y empresarios quebrados económicamente, puesto que la brutal bajada de los precios les hizo perder fortunas considerables.

Así que, si alguna persona os contesta que este consumismo estandarizado en el que vivimos responde a pautas completamente naturales y saludables de la condición humana, recordadle que hace trescientos años, más de un imbécil perdió su casa, su tiempo y su vida, por un jarrón y una flor.

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