Como bien sabéis la democracia nació en Atenas, capital de la Antigua Grecia, una de las cunas culturales, políticas y sociales de la Antigüedad, allá por el S.V a.C. Pero lo que muchos desconocéis es que la democracia ateniense poco (o nada) tiene que ver con la que nos gobierna hoy en día debido a una máquina atípicamente distinta, el Kleroterión.

Un método y una máquina diferentes

Cuando hablamos de democracia solemos solapar el concepto a una vasija con ciertas características santas y sagradas, la urna; recipiente en el cual (voluntaria y objetivamente) el ciudadano deposita su voto y confianza hacia algún dirigente o partido. Esta realidad se distorsiona en la Grecia Antigua cuya realidad era bien diferente debido a un curioso invento, el Kleroterión.

“La democracia ateniense se basaba en la asamblea y no en la oligarquía. Los políticos no eran pues representantes de la voluntad del pueblo, sino que el propio pueblo se representaba a sí mismo»

Este atípico método se basaba en la desconfianza y el sorteo (insaculación) de los cargos políticos y jueces mediante la utilización de este novedoso aparato. Monolito agujereado por ranuras numeradas, en las cuales los que pretendían ejercer algún cargo público, insertaban sus nombres escritos en unas pequeñas tablillas de plomo, siempre y cuando superaran el examen médico y cultural, sin tener en cuenta su estatus social o patrimonial. Los números presentes en el Kleroterión eran recogidos en una especie de peonza, que tras ser girada elegía a todos y cada uno de los cargos, con una duración de un año.

La democracia del pueblo

El sistema de representación gubernamental (que se va instalando progresivamente en el mundo occidental desde la Revolución francesa y americana), en el cual la ciudadanía da su beneplácito a alguna élite gubernamental tras una cara campaña y un sinfín de promesas electorales, era percibido por los griegos como preámbulo de la corrupción y la manipulación. El sistema ateniense se basaba en la Asamblea, órgano de representación popular presidido por todos los ciudadanos de la polis, y no en una oligarquía. La Asamblea no depositaba su confianza a una élite, sino que debía de aprobar todas las leyes emprendidas por los mismos, y si algún cargo político ejercía su ley sin su autorización podía incluso ser ajusticiado. Los políticos no eran pues representantes de la voluntad del pueblo, sino que el propio pueblo se representaba a sí mismo, relegando a estos a un simple cargo público (no del todo bien remunerado).

Este sistema en el que el poder de facto reside única y exclusivamente en el pueblo fue un éxito rotundo, perdurando en la inestable Antigüedad más de doscientos años, y transformando a Atenas en la gran ciudad de su tiempo (por encima de las ciudades milenarias egipcias o persas). Los pilares de este sistema fueron el debate (abierto y prefigurado en encontrar alguna solución conjunta y no en defender los intereses de alguna oligarquía enriquecida mediante la disputa) y la igualdad política. La participación popular fue abrumadora ya que se piensa que al finalizar su vida todo ciudadano ateniense había ejercido alguna vez algún cargo público.

Un balance favorable

Así pues, los antiguos griegos confeccionaron un sistema basado en el azar, único medio (según sus creencias) de garantizar un sistema justo y benévolo, eso sí, excluyendo a esclavos, mujeres y niños (casi el 80% de su población).

democracia

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