Esta es la historia de uno de los juicios más bizarros que se han desarrollado en nuestro mundo. El juicio que emprendió, en el año 897, el Papa Esteban VI a su antecesor el Papa Formoso, asesinado dos años antes. Aunque poco tuvo que decir, el antiguo Papa sí se presentó a la cita, ataviado con sus mejores vestimentas y haciendo gala de una educación pos-mortem de la que la mayoría no disponemos. Cosas de la Fe y el poder divino que escapan al entendimiento del resto de los mortales.

Un papado más que complicado

El Papa Formoso se erigió como máximo baluarte espiritual del cristianismo en una de las épocas más complicadas de nuestra Iglesia (once Papas se sucedieron en sólo diez años, todos ellos asesinados). Una etapa de luchas dinásticas en el seno del Sacro-Imperio Romano. El gran error de nuestro protagonista fue otorgar su favor al bando perdedor de la contienda, lo que le supuso una brutal muerte (de la cual desconocemos más detalles) y un papado más que desestabilizado. La familia vencedora, los Spoleto, prepararon su macabra venganza tras su muerte, escarmiento inhumano que aún nos desconcierta, casi 1100 años después.

“Un hedor terrible emanaba de los restos cadavéricos. A pesar de todo ello, se le llevó ante el Tribunal…

formoso

Un juicio sin parangón

Fue, sin lugar a dudas, algo hasta ahora nunca visto, absurdo, insultante y que pocas veces se volvería a realizar (por no decir ninguna). Como bien se transcribió en el Concilio Romano del 898, “Un hedor terrible emanaba de los restos cadavéricos. A pesar de todo ello, se le llevó ante el Tribunal, revestido de sus ornamentos sagrados, con la mitra papal sobre la cabeza casi esqueletizada donde en las vacías cuencas pululaban los gusanos destructores, los trabajadores de la muerte”.

Con gesto teatral, que incluía un dedo acusador apuntando violentamente hacia los restos putrefactos del antiguo Pontífice, Esteban VI lo acusó de todas sus pecaminosas fechorías (cómo cambiar su sede episcopal de Porto a Roma, de su ambición o sus perjuras) y sentenció de “indigno servidor de la Iglesia” e ilegitimidad de su pontificado, por lo que pasaron a revocar todos sus derechos y eliminarlo de la historia, renuncia que debía ser firmada por el propio Formoso, muy afectado, sin duda, de tal afrenta y castigo.

Pero el juicio no marcó el final de su calvario, ya que tras el mismo el cadáver fue desnudado, amputado (los tres dedos que había utilizado para impartir sus bendiciones) y arrojado a una fosa común, para luego ser arrojado al río Tíber. Pero este acto de barbaridad no quedó impune. Menos de un año más tarde una encolerizada muchedumbre entró en el Vaticano, raptó al macabro Pontífice, lo desnudó, arrojó a un pozo y asesinó estrangulándolo. Ojo por ojo, Papa por Papa.

 

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