A principios del S.XV nació un monstruo que supo disimularse dentro del canon del ideario caballeresco. Gilles de Rais fue un gran héroe de la Guerra de los Cien Años. El compañero infatigable de Juana de Arco, un caballero valeroso, rico y poderoso qué acabó con la vida de más de 200 niños y niñas de las formas más macabras y espeluznantes posibles. Aunque su leyenda inspiró al escritor galo Charles Perrault a la hora de escribir su cuento Barba Azul, sin lugar a dudas, la descripción más verosímil que disponemos de este lúgubre personaje de nuestra historia nos la aporta él mismo: “Yo soy una de esas personas para quienes todo lo que está relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. […] Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla.”

El caballero perfecto

En el otoño de 1404 nació Gilles de Rais, un vástago de la nobleza más pura y antigua francesa, emparentado con tres linajes de renombre: los Laval, los Montmorency y los Craon. Su sangre nobiliaria vino acompañada con un físico imponente (un metro ochenta y algo de estatura, un cuerpo musculoso, una ondulante cabellera negra y unos ojos azules). A lo que se le sumaba una destreza inusitada en el arte del combate. Aunque ya luchó bajo las órdenes Juan V, duque de Bretaña, por sus derechos sucesorios, fue junto a Juana de Arco que sus actos pasaron a ser leyenda.

Las hazañas realizadas del noble bretón no pasaron desapercibidas y Georges la Trémoille (chamberlán del futuro rey francés Carlos VII) lo reclutó debido a las dificultades de la corona en su lucha contra los ingleses y borgoñeses. Y fue en este contexto, en 1429, cuando nuestro protagonista conoció a Juana de Arco, de la cual se sintió fascinado, tanto por su belleza como sus visiones divinas. Como bien escribió, el día que la conoció “un estigma maligno se escapó de mi alma y ante el escepticismo del Delfín y de la Corte, yo persistí en creer en su misión divina”. Tras una serie de victorias militares de gran importancia (la liberación de Orleans y las batallas de Patay y Jargeau), la leyenda de estos dos personajes creció, siendo Gilles nombrado Mariscal de Francia con tan solo 25 años.

Una leyenda que cambia de matiz

Tras la muerte de Juana de Arco (sentenciada por la Corona a la hoguera por brujería), su protector y compañero de armas enloqueció por completo. Debido a una vida de derroches su increíble fortuna empezó a menguar, y para remediar esta situación buscó solución en el mundo de la alquimia, intentando encontrar o fabricar su propia piedra filosofal (la que convierte cualquier mineral en oro). Pero otras aficiones empezaron también a florecer.

Gilles y sus servidores empezaron a recorrer la cartografía bretona en búsqueda de jóvenes infantes bajo la promesa de hacerles pajes de sus castillos, aunque la realidad fue bien diferente.

Una vez la luna engullía el paisaje solar sus macabros juegos se iniciaban, y cuando el astro luminoso volvía Gilles, avergonzado, sollozaba entre las calles y los bosques buscando el perdón del Todopoderoso, mientras los cadáveres eran quemados y las salas limpiadas por sus acólitos. Debido al número elevado de jóvenes (de entre 8 a 10 años) desaparecidos el pueblo empezó a sospechar, pero no fue hasta 1140 (8 años del inicio de su nueva afición) que todo se destapó.

Por culpa de un problema de herencia las autoridades entraron en las estancias de nuestro protagonista y se toparon de frente con una realidad bestial, unos cincuenta cadáveres se hallaban descuartizados, asesinados o mutilados en una de las salas del otrora héroe nacional.

gilles rais

Un juicio escalofriante

El juicio dejó una de las más aterradores confesiones que se recuerden en la historia. El propio Gilles, con todo lujo de detalles, confesó haber asesinado a más de doscientos niños, niñas y adolescentes. Como bien quedó reflejado en el acta, estas fueron sus palabras:

Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes (niños y niñas) y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos (aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto) y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados.

Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente”.

Y la sentencia no se hizo esperar, la Iglesia lo excomulgó y la autoridad regía lo decapitó. Una sentencia que dejó muchas incógnitas por desvelar, ¿fue un acto de barbaridad total emprendida por un niño caprichoso y mimado con cierta predisposición a la violencia, por un enajenado mental y sociópata o simplemente una historia inventada por alguno de sus detractores tras la caída en desgracia de su baluarte, Juana de Arco?

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