Una mañana estival de mediados de Julio de 1518 una mujer empezó a bailar atípica y frenéticamente en las calles galas de Estrasburgo. Moviendo enajenadamente sus brazos y piernas y con su mirada al vacío ante la curiosidad de los viandantes, esta mujer, poseída por el Diablo, logró congregar y contagiar a su alrededor a treinta y cuatro personas en una semana, y más de trescientas en un mes, muriendo a decenas diariamente debido al agotamiento y ante las atónitas miradas de sus angustiados vecinos. Esta es la extraña historia de una epidemia diferente que fustigó a nuestro continente varias veces en nuestro pasado. Esta es la historia del Baile de San Vito, de la Danza Macabra.

Una extraña realidad varias veces repetida

Uno de los más antiguos y destacados de estos fenómenos paranormales se desarrolló en la ciudad de Bernburg allá por el año 1020, en el que una veintena de campesinos cantaron y bailaron frenéticamente y sin explicación aparente, alrededor de una iglesia en la víspera de navidad. En 1237 afectó a un cuantioso grupo de niños y niñas a lo largo de todo el viaje que realizaron desde Erfurt a Arnstadt (16 kilómetros), en el cual no pudieron parar de cantar ni bailar. Pero sin lugar a dudas, el más bizarro y absurdo aconteció en 1278 y tuvo lugar en uno de los puentes del río Mosa alemán, estructura en la que se congregaron unas doscientas personas en pleno éxtasis de baile, hasta que esta se derrumbó, matando a gran parte de ellos.

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Casi cien años más tarde, en 1374, empezó en Aquisgrán uno de los mayores brotes conocidos hasta la fecha, extendiéndose a un gran número de ciudades cómo Flandes, Metz, Utrech, Colonia o Estrasburgo, así como gran parte del territorio de países como Luxemburgo o Italia. Al año siguiente resurgieron estos peculiares bailes en Alemania, Holanda y Francia. Todo ello ante la incredulidad total de sus contemporáneos, que veían como decenas y centenares de ellos morían debido a una especie de éxtasis satánico que no podían frenar ni comprender.

La angustia se apoderaba de todos ellos mientras contemplaban las miradas perdidas y de sufrimiento de sus bailarines coetáneos que parecían pedir clemencia y perdón al Todopoderoso para parar así de bailar y sufrir. Pero este parecía hacer oídos sordos a su pecaminoso sufrimiento arrítmico y frenético, mientras morían por un ataque al corazón o se partían la tibia o las costillas bailando. Cabe destacar que generalmente los músicos acompañaban estos actos para, según ellos, intentar calmar y proteger a sus afligidos ciudadanos, lo que sin duda confería un matiz aún más bizarro a la situación.

Unas causas no tan claras

En un primer momento, y cómo no podía ser de otra manera, se aseguró que todo ello era producto de alguna maldición satánica o castigo santo (realizado por San Juan Bautista o San Vito), por lo que muchas de estas danzantes y macabras procesiones acababan alrededor de algún lugar dedicado a estas santidades. Pero también se multiplicaron los exorcismos (ya que muchos se pensaban poseídos por el demonio), los aislamientos poblacionales (para frenarlo como frenaron, poco tiempo atrás, otra epidemia, la Peste Bubónica) y los rezos en masa.

Según ciertos estudiosos del tema, este acto puede haberse debido a la proliferación de un hongo en el centeno que consumían, la ergotina, padre del actual LSD. Otros lo achacan a enfermedades como la epilepsia, el tifus o la encefalitis, pero ninguna de estas teorías son completamente coherentes, ya que aunque no son pocos los síntomas que desarrollaron esas poblaciones enajenadas por el baile que coinciden con las alucinaciones de ergotina o enfermedades como la epilepsia, muchos otros no tienen nada que ver con las mismas

La angustia se apoderaba de todos ellos mientras contemplaban las miradas perdidas y de sufrimiento de sus bailarines coetáneos que parecían pedir clemencia y perdón al Todopoderoso para parar así de bailar y sufrir

Se piensa también que pudo ser producto de alguna secta religiosa o pagana, como acto de rememoración o puramente ritual para burlar los cánones inamovibles y represivos del poder eclesiástico reinante de la época, pero esta explicación tampoco se puede asegurar fiablemente.

La explicación más plausible es que estas enajenaciones transitorias fueron el producto de una etapa de estrés colectivo provocado por hambrunas o desastres naturales. Un modo de evadirse de la realidad, una paranoia colectiva como lo fue el punk en los años 70’ o las raves de los 80’ 90’, pero más bestia. Una especie de histeria colectiva, de trastorno mental propio de una sociedad que está sufriendo y no sabe a qué clavo aferrarse para salvaguardar su alma. Pero, sea como fuere, esos bailes, evasivos o no, nos siguen sorprendiendo a día de hoy. Pobres almas torturadas por su tiempo que entraron en una espiral de autodestrucción al son de una música imaginaria que les hacía mover sus huesos, incluso rotos o tras la muerte.

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